«Nunca sabremos cuántas vidas habremos tocado, pero esperamos que aquella experiencia les haya tocado la vida al menos como nos tocó a nosotras.»
«Eran finales de los años setenta, quizá principios de los ochenta, y El Salvador estaba en pleno conflicto armado entre hermanos y parientes con diferentes perspectivas sobre lo que debería ser nuestro futuro como país. Algunos quizá ya no peleaban por esa razón: unos por problemas concretos, otros por inconformidad, o por seguir la corriente de sus amistades, y quién sabe por cuántas razones más.
La Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" no era ajena a toda aquella problemática, ni pretendía serlo. Aún no existía la Clínica de Asistencia Psicológica que después ha favorecido a tantas personas sin recursos para pagar ayuda emocional, mental o escolar.
Quienes estudiábamos Psicología en la universidad —incluso recién graduadas— hacíamos prácticas en el Centro de Salud Mental, donde muchas personas con pocos recursos buscaban ayuda psicológica por una cuota mínima. Algunas ya habíamos terminado hacía tiempo las prácticas y las horas de servicio social necesarias para graduarnos. Seguíamos llegando por empatía hacia el sufrimiento de quienes buscaban ayuda, por aprender entre colegas y porque generábamos un ambiente agradable, y a veces divertido, entre todas.
Inés Olimpia Salazar y yo éramos parte de ese equipo de estudiantes y graduados que participábamos en esa titánica y quijotesca empresa. Nunca sabremos cuántas vidas habremos tocado, ni siquiera los nombres de la mayoría de las personas que acudían al Centro de Salud Mental; quién sabe con cuántas nos habremos cruzado a lo largo de los años sin reconocernos. Pero esperamos que aquella experiencia les haya tocado la vida al menos como nos tocó a nosotras.»
— Astrid Lindo, psicóloga y docente de la Universidad de El Salvador
Lo que añade Inés
Como menciona Astrid, la universidad aún no tenía clínica propia. Cuando la abrieron, también colaboré voluntariamente: había mucha necesidad de orientación para jóvenes que estaban en peligro de incorporarse a las temibles maras.
Otras experiencias que me han enriquecido profundamente han sido colaborar en comunidades marginales de escasos recursos, visitar cárceles para acompañar a mujeres privadas de libertad y participar en comisiones para la defensa de los derechos humanos.